He estado en cama todo el día hoy por el dolor de estómago que los antibióticos me han provocado, así que he tenido mucho tiempo para mirar el techo y acordarme de muchas cosas del pasado.
Entre tantas vivencias, recuerdo una en particular que he denominado “la noche que

conocí el miedo”. Me explico, sucede que esa noche estaba anunciada una tormenta llamada Elena, no recuerdo con exactitud el año, pero imagino que era por los 80 si no me equivoco…
Mi hermana y yo compartíamos la habitación en camas separadas y para entonces, yo era la chica más miedosa del mundo. Cuando me fui a acostar, encontré a mi hermano mayor que se había dormido en mi cama, lo cual me hizo súper feliz porque odiaba dormir sola aunque Josefina estuviera al lado. Me acosté con sumo cuidado para no despertarlo y para que no se fuera a su cuarto.
Recuerdo que era una noche muy oscura y me dormí con la preocupación de la tormenta. De repente en la madrugada empecé a escuchar un ruido y al querer tocar a mi hermano para alertarlo, me di cuenta que ya no estaba. Que horror! Ahí comenzó mi pesadilla…
Los ruidos eran muy constantes y yo temblaba de miedo, imaginaba todo lo que pudiera ser, desde ratones

, fantasmas o un ladrón, etc. Es increíble, pero el temor o el pánico nos pueden causar muchas sensaciones y parte de ellas las sentí en esos intensos y horribles minutos. Me dio un frío tan grande, que solo lo puedo comparar al mismo frío que pasé en Canadá cuando estuve allí.
Apretaba mis ojos para no ver nada; de hecho, no se podía ver nada por la oscuridad y en un momento que abrí los ojos con dirección a la puerta que estaba abierta, creí ver la luz de una linterna. Rápidamente, volví a cerrar los ojos y mi cuerpo comenzó a temblar incontrolablemente.
Me arropé de pie a cabeza y de pronto comencé a sentir un calor insoportable, esto hizo que se me calentara el cuerpo igual como cuando se tiene una fiebre en 40. La voz no me salía para llamar a mi hermana que dormía plácidamente justo al lado de mi cama.
La bulla y el movimiento venían de la sala y yo seguía sudando debajo de las sábanas. Trataba de definir en vano el ruido para distinguir de que se trataba. Mis nervios me traicionaban y me sentía tan indefensa que imaginaba lo peor.

No entendía como los demás de mi familia no podían escuchar lo mismo que yo, y al final creo que fue lo mejor porque con el sonido de un pestillo reaccioné y me di cuenta que había una persona en la sala, me llené de valor para gritar y exclamarle a mi hermana que nos estaban robando!
TODOS se despertaron con la alarma de mi hermana que de inmediato comenzó a

vociferar
“UN LADRON, UN LADRON”, mi padre y mis hermanos se levantaron para ir enseguida a la sala, Papi les ordenó quedarse en la puerta de la habitación porque no podíamos ver nada y era un riesgo enfrentarse a alguien que ya estaba acostumbrado a la oscuridad y no sabíamos que tipo de arma podía estar portando. En efecto, el bandido abandonó mi casa tan pronto escuchó los gritos y no fue sino en un rato cuando encendimos lámparas de gas porque no había luz y pudimos salir.
El tipo se había colado por una ventana de hojas de aluminio, el hueco no era tan ancho como para que un hombre pudiera entrar por allí, pero definitivamente esa fue su técnica.
Por un momento pensamos que no se había llevado nada, en verdad no había mucho que

robarse, pero en medio del cao, la confusión, la habladera llegaron algunos vecinos en plena madrugada. De pronto uno de mis hermanos pregunta:
“Y la televisión???, Oh caramba, el antisocial se había llevado mi objeto favorito!!
Mi familia que es muy especial y que no desaprovecha una oportunidad para hacer de cualquier mala experiencia un chiste o un relajo. Comenzaron a reír a carcajadas y mi hermano mayor se paró en la puerta de la calle y voceó entre risas:
“Se te quedó la pinzaaaa!!!”, esta ocurrencia causó aun más carcajadas en los presentes.

La razón por la cual todos reíamos era porque la famosa televisión no era mas que un tiesto, de unas 15 pulgadas, blanco y negro, que aparte se le había roto el botón para cambiar de canal y lo hacíamos con una pinza apretando el palito que sostenía el botón antes de dañarse y con cierta destreza girábamos la pinza y así cambiábamos de estación.
En medio de carcajadas y bromas amaneció y fue entonces cuando vimos lo PEOR que pudo hacernos ese malvado ladrón,,, Había dejado
una Plota de M hediondísima en la galería, que no habíamos advertido, así que esto produjo un guácala en común y causó horror por tener que limpiar aquel indeseable regalito…
Después de ese frustrante capítulo de mi vida, quedé traumatizada, espantada y con terror hasta de estar sola en el baño. Caminaba entre las camas y creía que me agarrarían las piernas, que alguien me sorprendería en cualquier parte de la casa o que encontraría un maleante detrás de las puertas.

El trauma me duró unos largos meses hasta que volví a recuperar la confianza de estar en mi casa y luego de que
como buenos dominicanos “pusiéramos mas candados después que nos robaron”.